sábado, 21 de septiembre de 2019

Los amantes de Isabel II de España

La vida amorosa de Isabel II de España:
- Parte I: Regencia, matrimonio y un bastardo real
- Parte II: Los amantes de Isabel II
- Parte III: Los Borbones en pelota

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Parte II: Los amantes de Isabel II


En la anterior entrada ya vimos como Isabel II se adentró desde muy joven en el terreno de la sensualidad y el erotismo, y aquelló que probó le gustó. Si a eso sumamos su carácter fogoso, apasionado, inquieto y caprichoso tenemos a una mujer rebosante de ardor sexual.

Y para colmo de males, por el otro lado tenemos un marido incapaz, ya fuese por un problema médico o por su orientación sexual, lo que convirtió el matrimonio en un problema de estado, ya que la "cuestión de Palacio" amenazaba con convertirse en un sonado escándalo. La reina, insatisfecha sexualmente, amenaza con el divorcio, y sugiere que la noche de bodas nunca se consumó el matrimonio. Francisco de Asís, humillado ante las continúas infidelidades de su mujer, amenaza con abandonar el Palacio Real.

Este cóctel explosivo sólo se pudo detener con la herramienta que mejor soluciona cualquier problema... ¡el dinero! Se rumorea que Francisco resignado a la situación de rey consorte (y cornudo) optó por chantajear a la reina por sus continuas infidelidades, exigiendo dotes económicas cada vez que el protocolo le obligaba a reconocer a un nuevo hijo o cada vez que pillaba in fraganti a la reina en una de sus infidelidades.

Y como veremos a continuación, sus amantes no fueron, ni uno, ni dos, sino que fueron pasando y alternándose durante toda su vida, desde su infancia hasta su vejez...

Retrato de Isabel II de España.

El general bonito


Su primer gran amor fue el general Francisco Serrano, poco después de casarse encontró consuelo en este gallardo militar, 20 años mayor que ella, y que rápidamente se convirtió en su favorito, en una relación que duró un par de años.

En ese tiempo Serrano, que ya era un militar de enorme prestigio, empezó su fulgurante ascenso político, convirtiéndose en el favorito de Isabel, dándole una gran influencia dentro de la política del país.


El general Serrano.
Su romance, tan apasionado como cada vez más público, se convirtió en un grave problema político y todo un escándalo, por lo que se decidió cortar por lo sano y cesar al general en todas sus funciones y trasladarlo fuera de Madrid.

El encargado de tomar esa decisión fue Narváez, otro militar, que como el propio Serrano, siempre estuvieron obsesionados con el poder político, que resolvió esta crisis institucional en 1848, reconciliando a la reina con su esposo (o al menos consiguiendo que guardasen las formas de manera pública, conviviendo conjuntamente) y apartando de la vida pública a Serrano varios años.

Francisco Serrano fue su primer gran amor, la reina con tal sólo 16 años cayó rendida ante aquel impetuoso y valeroso militar, de tan buena planta, que Isabel le llamaba "el general bonito". Serrano le enseñó el camino del deseo, la pasión y el sexo, fue el primer hombre que le rompe el corazón y volverá a la política posteriormente, hasta que finalmente, 20 años después de su romance, el propio Serrano encabezará la revolución del 68 "La Gloriosa", que terminará con el exilio de la propia Isabel... cosas del amor y el poder....


Manuel Lorenzo de Acuña y Devite, marqués de Bedmar


Se quedó la reina sin su "general bonito" y Francisco de Asis volvió a Palacio como signo de reconciliación, pero Isabel, joven y enamoradiza, rebosante de ardor juvenil, pronto quedó prendada de un joven y atractivo marqués. El marqués de Bedmar, un grande de España, con el que compartía la afición por los bailes, teatros y casinos.

Aunque casado, el marqués se deja querer, y la reina, arrebatada de deseo, le envía tórridas cartas de amor: "yo te adoro con una locura y un frenesí que no te puedo explicar".  El carácter fogoso, caprichoso e inmaduro de la reina hacen que los amantes vayan pasando por la alcoba real, con cada vez menos recato.


El "pollo Arana"


Isabel II  y su hija "la Araneja"
por Winterhalter, 1852
Después de dos partos, de dudosa parternidad, donde los niños nacieron muertos, al tercer parto por fin Isabel dio a luz a un niña sana, que llamaron María Isabel. Fue inmediatamente proclamada princesa de Asturias y de esta forma la Corona se aseguraba su ansiado heredero.

Pero el escándalo estaba servido, ya que por todos era sabido que no era hija natural del rey consorte, sino de José Ruiz de Arana y Saavedra,  conocido como "el Pollo Arana", un noble guapo y valiente, que cautivó a la reina en uno de esas fiestas de baile que tanto gustaban a Isabel. Por eso, la princesa siempre llevó consigo el sobrenombre de "La Araneja", ya que nadie dudaba de la paternidad de Arana.

Su romance que se alargó entre los años 1850-1856 era considerado tan escandaloso que muchos Grandes de España se excusaron de asistir al bautizo de la niña alegando los más diversos motivos, un desplante ante la vida disoluta que vivía Isabel II.


Miguel Tenorio de Castilla

Miguel Tenorio de Castilla.

Otro de sus grandes amores fue Miguel Tenorio de Castilla, un brillante intelecutal de la época. Estuvo licenciado en leyes, fue poeta y periodista, siendo nombrado varias veces gobernador civil y diplomático, hasta que acabó como Secretario particular de Isabel desde 1859 hasta 1864, momento en que 0'Donnell le apartó de la corte.


Algunos historiadores sospechan que tuvo que ser el padre de las hijas nacidas por esas fechas: María del Pilar, María de la Paz y/o María Eulalia. Y es que tras la proclamación de "La Gloriosa" y el exilio forzado de los Borbones, Miguel Tenorio se exilió junto a ¿su hija? la infanta María de la Paz de Borbón, falleciendo ambos en el exilio en Alemania.


Una larga lista de amantes


Estos primeros escarceos amorosos le abrieron las puertas a mundo de placeres ocultos y sensualidad desbordante que ya no pudo, ni quiso, refrenar... 


El día a día de la reina Isabel se convirtió en un carrusel de sus principales vicios: Iba de fiesta en fiesta y a menudo se acostaba a altas horas de la madrugada para despertar a media tarde. Se vestía ayudada por sus cámaras y devoraba con glotonería todo lo que pusieran por delante sus camareras. Por la tarde, despachaba rápidamente los asuntos de estado que concerniesen ya que prefería dedicar las tardes a juegos y paseos. Cuando llegaba la noche volvía a lucir sus mejores galas y se iba al teatro o a algún baile, sin importarle las habladurías sobre su nuevo amante de turno.

¡Eso sí! Todo ello lo compensaba acudiendo a diario a la Iglesia, era muy beata y siempre le gustó estar rodeada de curas y monjas, tan es así que cuando el padre Claret renunció a su puesto ante la vida disoluta de su pupila y los oídos sordos que hacía de sus castas recomendaciones, la propia Isabel pidió al Papa que intercediese para que el clérigo volviese a Palacio.

Un papa, Pío IX, que cuando le concedió la Rosa de Oro de la cristiandad a Isabel II, dicen que justificó dicho reconocimiento diciendo: "Es puta, pero pía". Y tan pía, ya que donaba una generosa dote anual para las arcas papales por lo que Pío IX le correspondía otorgándole toda clase de bendiciones.

Aparte de esta dote anual, y como bien critica la siguiente ilustración de "Los Borbones en pelota", una información aparecida en la época hablaba sobre el pago de una enorme fortuna a Pío IX por la compra de una bula papal para el perdón de sus pecados carnales.

Isabel II, con un rosario en la mano, abrazada en la cama a Carlos Marfori. El papa Pío IX inciensa a la pareja, flanqueado por Luís Gnzalz Bravo y por Fco de Asís. Al fondo, sor Patrocinio en actitud servicial.
- Ilustración de "Los Borbones en pelota"

Entre la larga lista de amantes que tuvo la reina figuran numerosos hombres relacionados con las artes como José Mirall, cantante catalán; Tirso de Obregón, famoso barítono o Temístocles Solera, poeta y libretista de óperas italianas. La afición de la reina por el teatro y la música hizo que entablara amistad con numerosos compositores y cantantes, por lo que los mentideros madrileños se especulaba que estas amistades iban mucho más allá de simples paseos por las arboledas del Retiro.

El marido de Isabel, aunque cornudo, callaba y aguantaba las continuas infidelidades de la reina,  incluso no tuvo problemas en reconocer a los bastardos reales, siempre y cuando la Corona le asignase una nueva dote económica.


El otro prototipo de varón que encandilaba a la reina era el militar, de buena planta, varonil, vigoroso... es decir, el prototipo de hombre contrario a su marido. Así entre los principales amantes de este corte se le cuentan a los ya citados general Serrano, el marqués de Bedmar o José Santos de la Hera y de la Puente, nombrado conde Valmaseda por la propia Isabel II,


Entre sus romances más peculiares algunos autores citan a un dentista estadounidense llamado McKeon, incluso el toque exótico lo puso un amante turco-albanés, llamado Jorge, al que escribió encendidas cartas de amor:

"Sí, alma mía; sí, mi vida; sí, mi Jorge adorado, tú me enseñarás el albanés y el inglés y todos los idiomas, y yo te enseñaré a ti el lenguaje de mi alma, que es la tuya misma y que te adora infinito, infinito… Quiero que tú reposes de tus fatigas en mi pecho, que se abrasa de amor por ti…"

El apetito sexual de la reina era tan insaciable y su corazón tan caprichoso que no dudó en flirtear con su primo Carlos Luis de Borbón, infante de España y duque de Palma, que le doblaba la edad y encima era ¡¡un carlista convencido!!, que apoyaba públicamente a su rival en la disputa por la Corona.

Y ni el exilio en Francia logró aplacar su fuego amoroso, ya que los amantes siguieron alternándose y pasando por el palacio Basilewski (hoy en día el actual hotel Majestic de París), lugar que se conviritió en la residencia oficial de Isabel II en el exilio, por lo que durante muchos años se conoció como el Palacio de Castilla (recordar que la reina Isabel estuvo más años en el exilio que gobernando).

Palacio Basilewsky, comprado por Isabel II durante su exilio, fue renombrado con el nombre de Palacio de Castilla, convirtiéndose en la residencia oficial de la reina hasta su muerte,

Entre sus amantes más destacados en el exilio caben destacar al capitán José Ramiro de la Puente, 
Hattman, un judío; o su queridísimo Carlos Marfori, quien le acompañó en los días más duros de su exilio.

Carlos Marfori


El último gran amante de Isabel II como reina de España fue Carlos Marfori, un antiguo panadero, pariente de Narváez, que por su vertiginoso ascenso social fue el que más críticas desató entre los enemigos de la Corona, ya que se le consideró un simple buscavidas que supo ganarse el corazón de la reina e ir acumulando cargos hasta alcanzar el rango de ministro de Ultramar en 1867.

Este nuevo amante reunía todos los encantos físicos que atraían a nuestra reina: era alto y fornido, moreno, y con bigote y patillas generosos. Así nos los describía Manuel del Palacio:

"Hombre vestido a lo jaque, con chaquetilla corta o marsellés abrochado, según las estaciones, amén de sombrero gacho, polainas y demás adornos y arrequives. Su rostro, en armonía con su traje, ostentaba unas enormes patillas de las llamadas de «boca de jacha»".

Marfori, era valeroso y arrogante, con aires chulescos y gran mujeriego, ya había quedado embarazada a una sobrina de Narváez, por lo que se vio obligado a casarlo con ella, para salvaguardar la honra familiar.

Francisco de Asís, con los ojos vendados, alumbra una escena que transcurre en la alcoba real. En ella, el padre Claret bendice a la reina y a Carlos Marfori, vestido de pastelero.
- Los Borbones en pelota

Por su carácter, de hábil político y hombre decidido, supo ganarse la confianza de Isabel y conquistarla, acumulando más títulos y rangos. Acompañó a la reina al destierro, instalándose con ella en un hotel parisino, conocido como Palacio de Castilla.

Se guarda una carta de despedida de la reina Isabel a Marfori, fechada en París, en enero de 1875, escrita cuando la reina supo que Marfori había sido apresado y encarcelado en su vuelta a España, ya que los viejos rencores seguía latentes a pesar de la restauración de la monarquía en la figura de Alfonso XII.

"Quiero que estas palabras mías se graben en una medalla que lleves como testigo de mi eterna gratitud por la lealtad, abnegación y ejemplar desinterés con que me has acompañado en mi desgracia, (...) Tú, que has sido el más fiel cortesano de mi dolor, cuando la soledad y los desengaños me agobiaban, y que al lucir para mí mejores días decides contra mi voluntad separarte de mi lado, recibe al menos, como única recompensa, que quieras aceptar la expresión indeleble del reconocimiento y del cariño que te conservará siempre el corazón de tu buena amiga, la reina Isabel".

José Ramiro de la Puente


Pero a rey muerto, rey puesto, y caído en desgracia Marfori, la reina no tardó en olvidar su historia de amor con nuevos e impetuosos amantes, el más conocido de todos ellos, por lo escandaloso de esta nueva relación fue José Ramiro de la Puente y González Adín, marqués de Altavilla.

Caricatura de Isabel II marchando, junto sus retoños, hacia el exilio francés.

Esta descripción del cronista Pedro de Répide nos da una idea de la catadura moral de este nuevo amante, al que, a pesar de estar casado, le gustaba degustar la vida nocturna de París:

"Aquel farolón comprometía a la ex reina con sus jactancias, y después de separado de ella no ponía en sus palabras el recato que todo hombre debe usar al referirse a sus triunfos amorosos. Hasta cuando no hablaba dejaba conocer el mudo y elocuente testimonio de un reloj de oro que le suscitaba demasiado frecuentes deseos de conocer la hora, y en el cual se veía grabada esta inscripción: «A mi Ramiro, su Isabel»."


Llegó al Palacio de Castilla en noviembre de 1875 y rápidamente la reina lo designó como secretario personal. Su carácter alegre, desenfadado, fanfarrón y canallesco conquistó el corazón de la reina, que vio rejuvencer su corazón y logró olvidar sus penas con el carácter divertido de este militar.

Esta relación preocupaba, y mucho, a los políticos de la época, que veían con consternación la pésima influencia que ejercía este caballero sobre Isabel II. 


Ésto escribió el embajador español de París a Cánovas:

"La Reina, cada vez peor. Va a todas partes… con el amigo. Pero lo que no creerá usted es que fue a comulgar el día de la Concepción en la parroquia de Saint Pierre de Chaillot con él y con la señora; cuando la Reina Cristina me lo contaba, le saltaban las lágrimas de rabia. Quien esto hace, ¿cómo quiere usted que pueda respetar ni sus palabras ni sus escritos?"

El duque de Miranda también informaba a Cánovas sobre la vida disoluta de este sujeto, su mujer y la reina, y el desprestigio que suponía la actitud de la reina para la institución monárquica:

"Ahora le da por ir a todas partes, de día al bulevar y de visitas, de noche a los salones de los particulares… Pero lo que da al caso trascendencia mayor y le reviste de circunstancias que se prestan al ludibrio es que la señora va a todos estos sitios acompañada de Puente y su mujer. Ésta llama la atención por su enorme corpulencia; todos preguntan quién es y cuando le dicen el nombre llueven las pullas y las burlas más sangrientas (...) y todos padecemos al ver a la que es reina madre arrastrando por los suelos el decoro de una monarquía tan penosamente restaurada y tan rodeada aún de enemigos y peligros". 

Y como a todos sus amantes lo cubrió de títulos y condecoraciones: Placa del Mérito Militar, Encomiendas de Isabel la Católica y de Carlos III, cruces de San Gregorio y del Sol de Persia por doquier…

El último amante


Isabel II.
Con el paso de los años y la proclamación de Alfonso XII como rey, los últimos años de la reina en el exilio se van convirtiendo en soledad. Las antiguas visitas de políticos, militares, nobles y buscavidas en general, que buscaban el favor de la reina van desapareciendo, sus antiguos amigos van muriendo, y el silencio y la soledad se van instalando en el Palacio de Castilla. Le acompañan en estos últimos años de exilio la duquesa de Almodóvar y el conde de Parcent, que residen con ella en el hotel.

Pero su más fiel compañero será un enigmático húngaro de ascendencia judía, Josep Haltmann, de pelo negro y rizado y largos bigotes. Haltmann fue nombrado secretario de la reina, administrando con eficiencia la tesorería real, convirtiéndose en su último compañero de viaje hasta la muerte de Isabel II un 9 de abril de 1904.

Y como cuentan las malas lenguas, cuando Haltmann aparecía en los aposentos de la reina, sus servidores debían retirarse, quedándose a solas "charlando" hasta altas horas de la madrugada.


Una familia de bastardos reales


No nos puede extrañar que tras una vida sexual tan agitada Isabel lograse formar una familia bastante numerosa, a pesar de los abortos que tuvo y los nacimientos que no lograron alcanzar la edad adulta.

Oficialmente la reina tuvo doce embarazos, 2 abortos y 10 partos, de los que sólo cinco hijos lograron alzanzar la mayoría de edad.


Se ha especulado mucho que los dos primeros embarazos que tuvo, que acabaron en aborto, fueron posiblemente los únicos hijos legítimos de su marido, y nacieron muertos por la alta endogamia existente entre los cónyuges. Por ello, al resto de hijos alumbrados se les considera fruto de las relaciones extramatrimoniales de la reina.

De los infantes supervivientes tenemos:

- Isabel, nacida el 20 de diciembre de 1851, conocida como "La Araneja", y más tarde, como "La chata", hija de José Ruiz de Arana.
- Alfonso, futuro Alfonso XII, nacido el 28 de noviembre de 1857,  y apodado "El Puigmoltejo", por ser hijo de Enrqieu Puigmoltó.
- Pilar, Paz y Eulalia, naciadas en 1861, 1862 y 1864, consideradas hijas de Miguel de Tenorio, viviendo una de ellas junto a su padre en el exilio en Alemania.


Caricatura de la lucha por la Corona española entre la familia de los Borbones
"Una familia modelo", revista "La Flaca"




Bibliografía:


Zavala, J.M.; Bastardos y Borbones: Los hijos desconocidos de la dinastía

Fontana, J. y Millares, R.; Historia de España.

Ríos Mazcarelle, M.; Diccionario de los Reyes de España.

http://www.tiempodehoy.com/cultura/historia/el-nacimiento-escandaloso-de-alfonso-xii

https://blogs.larioja.com/historias/2014/04/16/la-atribulada-vida-sexual-de-la-reina-isabel-ii-y-su-ginecologo-riojano/

 https://blogs.larioja.com/historias/2016/12/22/forzo-salustiano-olozaga-a-la-reina-isabel-ii/

http://www.elespiadigital.org/images/stories/Documentos7/CR%C3%93NICAS%20REALES;%20ISABEL%20II.pdf

https://desdelaterraza-viajaralahistoria.blogspot.com/2014/09/isabel-ii-amante-y-madre.html

https://www.megustaleerenespanol.com/libros/bastardos-y-borbones/MES-016584/fragmento



martes, 3 de septiembre de 2019

Reyes medievales españoles y el sexo

Durante todo el verano hemos estado hablando de sexo e historia en Canal Extremadura Radio, por lo que cada semana hemos dedicado un especial a nuestros monarcas más recientes, empezamos hablando de los Borbones hasta llegar a los Austrias, adentrándonos sin tabúes en su personalidad, sus pasiones, sus vicios y sobre todo en sus amores.

Pero se acaba el verano, y con él, nuestra sección veraniega, y para concluir este repaso a la sexualidad de nuestros reyes hispánicos, hemos decidido finalizar la sección haciendo un repaso rápido a algunas cuestiones sexuales relativas a nuestros monarcas visigodos, astures, leones o castellanos.

Y es que la importancia del sexo en la historia está fuera de toda duda y las historias aquí contadas son un buen ejemplo de todo ello.


La Cava saliendo del baño
por Isidoro Lozano.

RODRIGO, LA PÉRDIDA DE UN REINO POR UNA VIOLACIÓN


¿Quién dijo que el sexo no es importante en la historia? Un hecho fundamental en el devenir de la historia de la península ibérica viene precedido por un desafortunado encuentro sexual. Y es que según cuenta la leyenda, Don Rodrigo (710-711), rey visigodo violó a la hija de Don Julián, conde de Ceuta. Don Julián clama venganza o al menos restaurar la honra de su hija casándola con el rey. Pero antes los oídos sordos del rey visigodo, se decidió a cobrar su merecida venganza permitiendo y ayudando a las huestes musulmanas a cruzar el estrecho.

Seguramente la invasión musulmana se hubiese producido, con o sin la ayuda del gobernador de Ceuta, ya que la fractura del reino visigodo era evidente, y el auge del imperio musulmán imparable, aunque, tal vez, si la invasión se hubiese retrasado unos años hubiese surgido alguna figura capaz de aglutinar a todas las facciones visigodas y poder hacer frente a las tropas musulmanas.

ALFONSO II DE ASTURIAS "EL CASTO"


Alfonso II protagonizó un largo y próspero reinado del 791 al 842, expandiendo las fronteras de su reino, y no menos importante, descubrió la tumba del apóstol Santiago. Pero si lo traemos aquí es por su apodo, que como bien indica, nos hace ver que no era una persona muy lujuriosa. Y es que como nos informan las crónicas de la época, parece que ser no mantuvo ningún tipo de relación sexual, ni siquiera con su esposa, por lo que fue un rey sin herederos.

Y que un rey no trate de asegurar su dinastía con algún heredero parece bastante extraño, por lo que parece evidente que tuvo que tener o algún problema fisiológico (impotencia, esterilidad) o era una persona asexual o homosexual al que no atraían las mujeres. Nunca lo sabremos, pero la Iglesia supo vender esta castidad como una virtud y de ahí su buen reinado.

Estatua de Alfonso II el casto.


ALFONSO VIII DE CASTILLA y SU AMOR PROHIBIDO


La mayoría de reyes en cambio fueron mucho más mujeriegos, y realmente no importaba el número de amantes o bastardos que tuviese siempre que todo se encuadrase dentro de las normas sociales de la época.

Alfonso VIII.
Y aquí está el problema de Alfonso VIII (1158-1214) que se enamoró de Doña Fermosa, aunque su nombre real era Raquel, y el problema, como pueden adivinar por su nombre, es que era una judía toledana. Así que, si eres mujer, y encima de otra religión, prepárate porque te van a cargar de las culpas de todos los males acaecidos durante su reinado.

Y es que las crónicas nos cuentan que la pasión amorosa vivida entre el monarca y su bella amante fue tal que durante siete meses (o siete años, según la versión) se entregaron a los placeres del amor encerrados dentro de los lujos del palacio real, olvidándose el rey de cumplir con sus obligaciones reales, la más importantes de todas, dar guerra al musulmán.

Por lo que tras la derrota de las tropas cristianas en Alarcos frente a los musulmanes muchos no dudaron en culpar al rey, por su retiro amoroso, de la derrota. Incluso no faltó quién lo achacó a un castigo divino ante la afrenta de aquel amor heterodoxo.

Por lo que los nobles y buena parte del Consejo Real conspiraron para deshacerse de la amante del rey, origen de muchas de las desavenencias familiares y nobiliarias del reino, que veían con recelo el ascenso de varios judíos en la corte real. Para tal fin, organizaron una cacería real, alejando durante varias jornadas al rey de su queridísima amada, por lo que sin la protección del poderoso monarca, la joven fue degollada sin más contemplaciones.

A la vuelta de la cacería la furia del rey fue aplacada bajo argumentos de todo tipo: nobles, clérigos, familiares, adujeron toda clase de excusas para llevar a cabo tal acto. Tan es así, que el rey arrepentido de su impuro amor se retiró en penitencia a la Iglesia de Illescas.




LOS SANTOS: Fernando III de Castilla y León (1217-1252) y Luis IX de Francia (1226-1270)



Teniendo en cuenta que la Iglesia prohibía practicar sexo la mayor parte del año, algunos reyes obtuvieron su apodo por seguir fervientemente las recomendaciones de la iglesia en materia sexual, es decir, por fornicar sólo los días que estaban permitidos... y si nos ponemos a echar cuentas estos días eran los justitos:

El sexo estaba prohibido los miércoles, viernes y domingos, y sólo se podía practicar por la noche o en la oscuridad. Después, lógicamente, había temporadas donde un buen cristiano no podía tener el cuerpo para alegrías, sino sólo para pensar en su pobre alma: estas temporadas eran toda la Cuaresma (lo de no comer carne era algo más que una obligación culinaria), pero tampoco 40 días antes de Navidad o los 40 días previos a la fiesta del Pentecostés.

Después estaban las prohibiciones más del día a día, prohibido también estaba fornicar la semana antes de comulgar, así como los días donde se celebrase alguna santidad. En definitiva, que para fornicar sin pecar un buen cristiano sólo tenía un tercio de los días del año.


Por lo que no parece nada raro, que si algún soberano era capaz de cumplir con todos estos requisitos sexuales se le canonizase como santo...


Y así fue el caso de Fernando III de Castilla y León (San Fernando) o el de su primo Luis IX de Francia (San Luís).

Ambos monarcas cumplían fielmente estas recomendaciones de la Iglesia, aunque el caso de Luis era más llamativo, porque a este monarca sí que le apasionaba el sexo, por lo que cuando llegaba un día permitido, se ponía a la faena a lo loco, en cualquier lugar y varias veces al día. Tan es así, que su madre, Blanca de Castilla, dio órdenes que se organizase una red de vigilancia para no pillar al rey y su esposa en plena faena en cualquier lugar.

Luis IX de Francia, San Luís.




ALFONSO XI DE CASTILLA, UNA GUERRA CIVIL POR UNA MUJER


Otro ejemplo de como el sexo puede configurar alianzas entre países, provocar guerras e incluso una guerra civil lo tenemos en el caso de Alfonso XI de Castilla. Se casó en 1328 con la princesa María de Portugal, hija del rey portugués, con la que tuvo dos hijos, uno de ellos Pedro I "el cruel'.

Pero pocos años después se enamoró perdidamente de Leonor de Guzmán, que rápidamente pasó de ser "la favorita", instalándola con toda clase de lujos en Sevilla, a reina cooficial, ya que le dio más de 10 hijos al monarca, entre ellos, Enrique II, viviendo ambos como marido y mujer.

Como nos podemos imaginar, más pronto que tarde, María, despechada y humillada, volvió a la corte portuguesa, aunque a pesar de su exilio de más de 20 años, siempre se consideró la reina legítima de Castilla, y sus hijos herederos de pleno derecho al trono.

Este hecho fue tan escandaloso que hasta el propio Papa Benedicto XII escribió al monarca para que recapacitase, incluso no dudó en culparle de la derrota de sus tropas ante los musulmanes por su relación pecaminosa. Decía la misiva:

"Examina tu conciencia y mira si no te habla nada acerca de esa concubina a que hace tanto tiempo estás demoniadamente apegado en detrimento a tu salvación y de tu gloria"

Así que a la muerte de Alfonso XI tenemos un cóctel explosivo que llevará a los reinos hispánicos a una larga y cruenta guerra civil que se extendió durante varios años, con suerte cambiante para ambas facciones... 


Por un lado tenemos, a Pedro I "el cruel" o el "justiciero" según el cronista de turno, hijo de María de Portugal y por otro a Enrique II de Trastámara, hijo de Leonor.  Y aunque en un primer momento, la familia de Leonor juró lealtad a Pedro, y se prometieron obediencia y esas bonitas cosas que se prometen en el momento de la coronación. Tanto unos como otros no tardaron en conspirar para eliminar a tan peligrosos enemigos.

La última despedida, de Antonio Amorós y Botella. 1887. Museo del Prado.
La obra representa el momento en que Fadrique Alfonso se despidió de su madre Leonor en presencia de la reina María de Portugal.

María, lo primero que pidió a su hijo Pedro fue la cabeza de su antigua rival amorosa, la reina Leonor, que fue hecha prisionera en el mismo cortejo fúnebre y posteriormente ejecutada. Pedro "el cruel" fue asesinado a todos los hermanastros que le caían a mano, menos a Enrique II, que casado con la hija del más poderoso noble de la época, le disputó la corona en una guerra fratricida que se alargó durante años, con vaivrnes en ambas facciones e implicaciones de las demás potencias europeas.

Finalmente, Pedro I tras una derrota ante Enrique II se vio obligado a refugiarse en una pequeña fortaleza de Montiel, de la que le convencieron salir para tratar con su eterno rival. Y aquí cuenta la leyenda, que nada más verse en la tienda, se abalanzaron uno contra otro, daga en mano, la lucha debió ser encarnizada, aunque un tal Duguesclín, viendo que Pedro estaba a punto de asesinar a su señor, lo empujó, hecho que aprovechó Enrique para asesinarlo y ganarse su apodo del "fratricida".

Para la posteridad quedará la célebre frase de Diguesclín que, según la tradición, pronunció aquello de "Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor"

Momento en el cual Duguesclín sujeta a Pedro I para permitir que Enrique lo apuñalase,
cuadro de Arturo Montero y Calvo.


JUAN II, EL HOMOSEXUAL


No podíamos acabar esta sección sin los rumores sobre la homosexualidad de algún monarca. Y aquí surgen los nombres de los últimos representantes de la casa Trastámara, ya que tanto Juan II como su hijo Enrique IV fueron acusados de sodomitas y de beneficiar a sus nobles "más queridos y cercanos".

Genelaogía de los Trastámara.


A Juan II se le acusa de tener como amante a su valido, Álvaro de Luna, hombre encargado de su formación y consejero íntimo del rey, al que siempre tuvo en alta estima. Sólo la mano firme de Isabel de Portugal, segunda esposa de Juan y madre de la futura Isabel "La Católica" logró acabar con su influencia, ejecutándolo, bajo el beneplácito de gran parte de la nobleza.

De aquella época contamos con el testimonio del historiador Fernán Pérez de Guzmán que en sus crónicas "Generaciones y semblanzas" escribió:

El rey Juan ni de noche ni de día quería estar sin don Álvaro de Luna, y lo aventajaba sobre los otros, y no quería que otro alguno lo vistiese ni tratase”.


ENRIQUE IV, "EL IMPOTENTE"


Acabamos este repaso con Enrique IV, "el impotente" al que ya dedicamos una entrada en nuestro blog, ya se le acusó de prácticamente de todo lo acusable: Enrique IV: impotente, homosexual y vouyerista.

Y aunque más de uno de estos rumores, seguramente, fuera cierto, es importante señalar que Enrique IV tiene el dudoso honor de ser el primer monarca de nuestra historia patria que sufrió una campaña orquestada de desprestigio por parte de sus enemigos, al verter sobre su persona una serie de continuos rumores malintencionados sobre su sexualidad.

Los rumores sobre su impotencia vienen desde su primera noche de bodas, ya que por lo visto fue incapaz de mantener la erección para consumar con la reina. Con el paso de los años, y como la Reina no quedaba embarazada, los rumores sobre su sexualidad se fueron incrementando, ya que muchos aseguraban que la impotencia del rey era debido a una homosexualidad aletargada, ya que detestaba el trato carnal con mujeres y tuvo una larga lista de amantes masculinos, a los que benefició con toda clase de nombramientos y prebendas.


Es más, su única hija fue apodada "la Beltraneja" ya que por todos era sabido que Enrique había consentido la relación entre la reina y su hombre de confianza Beltrán de la Cueva, para así poder tener su ansiado heredero al trono.

Pero de todos los rumores que circularon en torno a Enrique IV el que más daño le hizo fue, sin duda alguna, el de ser un cornudo consentido, ya que esto fue lo que a la postre le costó el trono a su hija.




BIBLIOGRAFÍA:

 Gracias especialmente a la web www.sexomedieval.com y su entrada http://www.sexomedieval.com/reyes-versus-sexo-santos-y-reinos-perdidos/ que nos ha servido, en una semana de feria y vacaciones, de guión de inicio para este post.

 https://www.monografias.com/trabajos57/alfonsoxi-leonor-guzman/alfonsoxi-leonor-guzman2.shtml