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jueves, 25 de octubre de 2018

Felipe IV: El rey adicto al sexo

No hubo rey más promiscuo en toda la historia de España, ni mujer que estuviese a salvo de caer bajo la lujuria insaciable de Felipe IV.

Daba igual su condición social, su edad, o si era casada, soltera o viuda, cualquier mujer del reino era apetecible para el capricho del monarca: damas o criadas, religiosa o prostituta, actriz o artesana. Cualquier lugar podía ser ideal para satisfacer su incontrolable ardor: desde el Palacio Real, al burdel, pasando por uno de sus territorios de caza favorito, el corral de las comedias.

El más poderoso soberano de la tierra era preso de una desmesurada pasión sexual. Nadie sabe a ciencia cierta con cuantas mujeres mantuvo relaciones, ni el número de bastardos que dejó en el camino. 


Pero como en una cruel maldición de cuento, el destino quiso que sólo fuese capaz de dejar como único heredero varón al trono de España al enfermizo Carlos II, "el hechizado".

Felipe IV de joven. 1623.
Retrato de Velázquez.
Estas andanzas reales eran por todos sabidos, y sus aventuras sexuales fueron motivo de toda clase de chanzas, bromas, coplillas y sonetos, como el que le dedicó el Duque de Amalfi, que decía:

“Oculta el traje que severo luce,
de amor y gloria devorante fuego,
que de sus noches el placer inquieta
,
y através de su risa se trasluce
que el rey sofoca y tapa el palaciego
el sueño del amante y del poeta".

Y aunque esta imagen de mujeriego nos puede hacer caer en la idea de un rey extrovertido, simpático y abierto, el rey Felipe IV, como todos los Austrias, siempre mantuvo un talante serio y riguroso, casi inamovible, propia de la férrea etiqueta impuesta en la Corte por sus antecesores.

Pero nada mejor para conocer su lujuriosa vida sexual que darnos un paseo por su vida: desde su infancia hasta su muerte...

Infancia

El meapilas Felipe III quiso asegurarse que su prometedor heredero fuese un digno príncipe cristiano por lo que no dudó en confiar su educación a los eclesiásticos de mayor virtud y celo de todo el reino. Nos podemos imaginar la infancia del pobre Felipe IV, criado en la austeridad, el rigor y el ascetismo, entre misas, sermones y oraciones, atrapado en los sobrios y tristes muros del Alcázar de Madrid.

Y aunque no se pueda asegurar, estar sometido a una educación tan beata, rígida y controlada, contribuyó a que cuando las hormonas de la pubertad empezaron a bullir se iniciase una obsesión por el sexo, y como señala Deleito y Piñuelo en su 'El rey se divierte' "con los primeros hervores de la adolescencia, cabalgó sin freno por todos los campos del deleite, al impulso de pasiones desbordadas".



Matrimonio

Retrato de Felipe IV, por Diego Velázquez, 1623.
Pero ya habrá tiempo de hablar de sus vicios, volvamos a la infancia del joven heredero. y a explicar un hecho que seguramente también alimentó la insaciable libido del monarca... ¡¡su matrimonio!!

A pesar de que en estos años, Francia y España, ya estaban a la gresca, el enfrentamiento entre las principales potencias europeas sería inevitable. Felipe III procuró buscar una alianza matrimonial con nuestros odiados vecinos del norte. Por lo que siendo apenas un niño se concertó la boda con una de las hijas del rey francés, Isabel de Borbón, pero el enlace real se tuvo que retrasar varios años, hasta que Felipe IV cumplió los 10 años.

Debido a su corta edad no hubo noche de bodas y trataron que la pareja nunca estuviese a solas, ni siquiera en sus viajes conjuntos, por lo que debían viajar en carruajes separados, todo ello a pesar de las enérgicas protestas del joven rey, que a estas alturas ya debía tener la libido por las nubes.

Y es que el joven rey estaba perdidamente enamorado de su bella esposa desde el mismo momento en que la vio, y por si esto era poco, fue sometido a esta vigilancia conyugal durante cinco años.


Por lo que habrá que esperar al 25 de noviembre de 1620, ¡¡5 años después del matrimonio!!, para que diesen permiso al rey a consumar su matrimonio.


Reinado

Con la muerte de su padre al año siguiente, Felipe IV accede al trono con tan sólo 16 años. Y lógicamente al heredero del imperio más poderosos del orbe mundial no le faltaron amistades que procuraron ganarse su favor satisfaciendo todas sus curiosidades y caprichos.

Felipe IV, cazador.
Velázquez. Museo del Prado.
De esta forma los hombres encargados de su formación política, como Gaspar de Guzmán, el poderoso Conde-Duque de Olivares, prefirieron alentar sus vicios: el sexo; o sus pasiones: la caza o el teatro; para tener ellos vía libre en sus desmesuradas ambiciones políticas.

Además, ante su compulsivo comportamiento sexual prefirieron proporcionarle toda clase de divertimientos fuera de Palacio, ya que las reinas están para concebir herederos a la Corona, no para satisfacer las necesidades sexuales de sus maridos.

Y así comienza uno de los reinados más significativos para la historia de España, parecía que iba a ser el rey que devolviese el honor de los primeros Austrias, pero muy pronto el rey se fue alejando de sus responsabilidades políticas, dejando su gobierno en manos de validos, mientras su majestad y buena parte de la Corte disfrutaban de fastuosas fiestas y saciaba toda clase de placeres en cacerías, espectáculos teatrales y mucho sexo.

  Los rumores sobre la desenfrenada vida del monarca fueron pregonados por todo el reino en coplas anónimas, donde se narraban de forma jocosa las conquistas del rey.


Sus aventuras amatorias eran tan sonadas y conocidas que muchos de sus colaboradores más cercanos se preocuparon del daño que esto hacía a la imagen del rey y a la de la muy católica Corona Hispánica.

Retrato del Conde-duque de Olivares.
Diego de Velázquez. Museo del Prado.

Por lo que no dudaron de culpar a su válido, el Conde-duque de Olivares, de fomentar esas pasiones para sus propios intereses políticos y económicos. Así lo hacía saber Francisco de Quevedo a un amigo suyo en una carta que decía:

 "El conde, sigue condeando y el rey durmiendo, que es su condición. Hay, parece, nuevas odaliiscas en el serrallo y esto entretiene mucho a Su Majestad y alarga la condición de Olivares para pelar la bolsa, en tanto que su amo pela la pava".

Otro testimonio nos lo aporta el prelado Garcerán de Albanell, quién también acusaba al conde-duque de avivar esas pasiones, en esta carta dirigida a su persona:

"Suplícole cuanto me es posible que evite las salidas del rey de noche y mire la mucha parte de culpa que tiene pues las gentes publican que le acompaña en ellas y se las aconseja [...] en realidad, ese gusto, no es bueno, aunque se tome por entretenimiento por las muchas circunstancias que le hacen dañoso y por la libertad que se toman los vasallos para hablar y reconocer algunas cosas que contradicen el decoro de un monarca".


Isabel de Borbón, cornuda pero con compostura

Su esposa, no tardó en enterarse de todos los devaneos amorosos de su marido, y aunque al principio lloraba desconsolada sus continuas infidelidades, pronto aceptó resignada su papel de reina y, con regia compostura se mantuvo al lado de su marido.

Seguramente se mantuvo fiel a su marido, ya que a pesar de sus continuas infidelidades, siempre supo mantener las apariencias, al menos de cara a la galería.

Sus pasiones amorosas nunca fueron muy duraderas y  tampoco tuvo que soportar la presencia de una amante oficial dentro de la corte, como sí ocurría con los reyes de Francia. 


Isabel de Borbón.
Por lo que ninguna de sus numerosas aventuras intentó hacer sombra a la reina, ni buscaron medrar para conseguir ascenso social o excesivas riquezas.

Además, la desbordante pasión amorosa de Felipe IV no excluía a su propia esposa, a la que siempre trató con respeto y cariño, incluso con ardor marital, ya que siempre le quedaban fuerzas para cumplir con sus obligaciones matrimoniales, como muestran los continuos embarazos de Isabel, con la que llegó a tener hasta siete hijos.

Era tal la pasión que sentía por su esposa que el Conde-duque de Olivares se veía en la obligación de buscarle nuevas aventuras a su soberano para aplacar su "devorante fuego" con otras mujeres y dejara en paz a la reina cuando daba signos de estar embarazada. 



Las amantes

Desde muy joven el rey se lanzó a toda clase de correrías nocturnas por las calles de Madrid buscando nuevas conquistas con que satisfacer su lujuria.

Aunque la mayoría de reyes españoles han tenido fama de promiscuos, el carácter insaciable de Felipe IV ha sido catalogado por psiquiatras como síntoma claro de ser un sexoadicto.


No hacía ascos a ninguna mujer, y si alguna mujer le entraba por el ojo, no dudaba en mover cielo y tierra hasta conseguir sus favores, no le importaba su clase ni condición, teniendo relaciones con mujeres de baja condición social, casadas, viudas, nobles, incluso no dudó en tener relaciones con las esposas de sus colaboradores e incluso con ¡¡monjas!!, pero sin duda alguna, sus favoritas, fueron las actrices, ya que el rey siempre fue un gran aficionado al teatro.

“Toda clase de mujeres eran buenas para su erótico deporte: doncellas, casadas y viudas, altas damas, sirvientas de palacio, burguesas, actrices, menestralas y hasta tusonas y cantoneras, como entonces se decía a las que hacían tráfico profesional de su cuerpo. Desde el Alcázar a la mancebía, pasando por el corral de comedias, no había frontera para sus ardores; pero sus preferencias iban más a las mujeres humildes que a las linajudas.”
- El rey se divierte, Deleito y Piñuela, J.


La suerte de estas amantes casi siempre fue la misma: el convento. Y es que una vez que el rey se cansaba de su nueva conquista, estas mujeres eran "invitadas" a ingresar en un convento. Tal era así, que se cuenta la anécdota de una noble a la que Felipe IV estaba cortejando, cuando el rey llamó a la puerta de su alcoba, la dama espantada le espetó: "vaya con Dios; no quiere ser monja".

Los encierros en conventos de sus amantes era una medida para prevenir posibles escándalos reales, y que sus amantes no luciesen embarazos públicamente.


El primer amor extralegal de Felipe IV que se conoce fue la hija del conde de Chirel, dama de gran hermosura, cuando el rey rondaba los 20 años. Al año siguiente nació un niño, el primero de los bastardos reales, al que se llamó Fernando Francisco de Austria, que falleció prematuramente.

Otro dato curioso sobre la vida sexual del soberano nos lo aporta la escritora francesa Madame D'Aulnoy quien nos relata como muchas cortesanas de lujo se quejaban amargamente de la racanería del monarca, que sólo les pagaba 20 escudos por servicio.


El mayor escándalo sexual del rey...

Como podéis imaginar circulan numerosas anécdotas sobre los devaneos amorosos de Felipe IV, siendo la más escandalosa la que tuvo lugar en el convento madrileño de San Plácido, ya que el monarca se encaprichó de una monja de extraordinaria belleza. Los hechos acaecidos durante ese episodio fueron tan sorprendentes que ya le dedicamos un post donde hablamos del escándalo sexual de Felipe IV con una monja.

Una historia propia de una película donde aparece una monja de clausura, el rey de España, el Papa de Roma, servicios secretos e incluso un asesinato...


Un rey molido a palos...

Existe otra divertida anécdota sobre las aventuras amorosas de nuestro particular "Don Juan". Se dice que el rey estaba encaprichado de la duquesa de Alburquerque, hermosa esposa de uno de sus más fieles colaboradores. El duque de Alburquerque, conocedor de la naturaleza libidinosas de su monarca y sabiendo que le había echado el ojo a su mujer, procuró que la duquesa saliese poco de casa y, aún menos, que pisase la Corte. Todo esto no hacía más que incrementar el deseo del rey ante el reto de conseguir una presa difícil.

Y el rey, que listo para asuntos de Estado no era, pero para las lides amarosas era todo un lince, aprovechó una fiesta en Palacio para intentar adquirir su ansiado trofeo.  El rey, que se encontraba jugando a las cartas, fingió que se le había olvidado despechar un asunto urgente, por lo que rogó al duque de Alburquerque que ocupase su sitio en la mesa.

Así que el duque vio como el rey salió raudo y veloz de la sala acompañado de su fiel colaborador, el conde-duque de Olivares. Como pueden imaginar, su destino era la casa del duque de Alburquerque. Éste que sospechaba de las viles intenciones de su monarca también fingió unos terribles dolores y partió como alma que lleva el diablo en dirección a su casa.

Estaban, el rey y su valido, con un pie recién puesto en casa de la duquesa de Alburquerque cuando la llegada repentina del duque les pilló por sorpresa, por lo que corrieron a ocultarse en la oscuridad de las caballerizas. El duque, con bastón en mano, les persiguió a grito: -"Alto al ladrón! Que me vienen a robar mis caballos! Y empezó a darles palos. Cuenta la leyenda que el duque no pidió luces a sus criados para no tener que frenarse a la hora de soltar bastonazos al reconocer a la figura del rey.

Duelo a garrotazos, Fco. de Goya.

El conde-duque de Olivares temiendo por la integridad del monarca decidió confesar y decir que al pobre desdichado al que estaba golpeando era su majestad. El de Alburquerque, con retomada furia, se empleó aún más a fondo con la figura del rey, por la indignidad que suponía que dos vulgares ladronzuelos usaran el nombre de su majestad.

Finalmente, entre el alboroto de los criados de la casa, la guardia de Felipe que venía a su encuentro y el duque de Alburquerque que ya había descargado toda su rabia y furia contra el insolente rey, y no quería verse implicado en asunto más grave, dejó que ambas figuras se escabulleran en la noche.

¡Eso sí! El rey tuvo que guardar varios días reposo por las heridas recibidas.



La Calderona

Felipe IV fue un rey apasionado del teatro, tanto que era por todos sabidos que le gustaba acudir de incógnito a los teatros populares de Madrid, como El Corral de la Cruz o El Corral del Príncipe, para ver con sus propios ojos, no sólo las representaciones que tanto le gustaban, sino también a las jóvenes actrices que actuaban en el teatro.

Corral de las comedias.
Y así surgió, el que sin duda fue el romance más sonado del monarca en su primera juventud.

En una de esas incursiones, el joven rey quedó prendado de la belleza de una popular actriz, de tan sólo 16 años, y de nombre María Inés Calderón, popularmente conocida como "la Calderona".


Era bastante habitual que estas actrices mantuviesen romances con destacados personajes de la sociedad, la misma Calderona mantenía una relación con el duque de Medina de las Torres, pero su belleza no había pasado desapercibida al joven monarca, que con la excusa de felicitarla por su actuación, pidió reunirse en privado con ella.

Alegoría de la vanidad. Supuesto retrato de La Calderona.
Anónimo. Monasterio de las Descalzas Reales. Madrid

Desde aquel mismo momento el monarca quedó prendado de ella. Se convirtió en su amante preferida, y seguramente también, fue el verdadero amor de su vida, a ninguna otra amo tanto como a la Calderona.

Esta relación se convirtió en la comidilla de la capital y muy pronto el sonado romance entre el monarca y la actriz fue motivo de chanzas, coplas y toda clase de comentarios en las tertulias y mentideros de Madrid.


Más aún, cuando la Calderona, obligada por el rey, dejó los escenarios en el auge de su carrera, y se convirtió en la amante oficial del rey.

La Calderona fue protagonista de otro sonado escándalo real, en este caso, con la reina Isabel de Borbón. Por lo que se ve, durante unas festividades realizadas en la Plaza Mayor, el rey había cedido un balcón destacado a su amante. La reina indignada ante tal desaire ordenó desalojarla de allí. Por lo que Felipe IV, cuando se enteró de los hechos, decidió compensar a la Calderona regalándole un balcón en la Plaza Mayor, aunque en un lugar algo más discreto para evitar la ira de la reina. Ese balcón, situado en la esquina a la calle de Boteros, pronto fue denominado como "El balcón de Marizápalos", haciendo honor a una famosa canción que la Calderona había popularizado en el teatro.

Plaza Mayor de Madrid.

De esta relación nació uno de los bastardos reales más importantes de la historia de España , Juan José de Austria, ya que el amor que sentía por su madre, hizo que Felipe IV ordenase educarlo con honores de príncipe, aunque lejos de su madre.

Pero el final de la Calderona, por mucho amor que hubiera existido, no dejó de ser igual que el del resto de sus amantes. Una vez que la pasión remitió, y después de quedar embarazada por dos veces, se le ordenó ingresar en un convento en Guadalajara. Aunque cuenta una leyenda urbana que acostumbrada a su vida de lujos y libertad, pronto huyó de él, y terminó sus días viviendo en la sierra.
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Bastardos Reales:

Era tal su desenfreno amoroso que desconocemos el número exacto de hijos que tuvo fuera de sus dos matrimonios.

Como todos estos asuntos se llevaban en palacio con la máxima discreción, nadie sabe a ciencia cierta cuantos hijos bastardos dejó en su frenética vida amorosa. 


Las cifras que se manejan son muy dispares, los historiadores más rigurosos le atribuyen sólo ocho, aunque un embajador veneciano contemporáneo le contaba 23, y no faltan quienes le atribuyen más de 30 hijos bastardos.

La vida de estos bastardos podía ser muy diversa, según la condición social de la madre, acabarían en una mejor o peor situación. La mayor parte de ellos eran criados en familias de confianza y muchos solían terminar sus días dedicados a la vida religiosa, ocupando puestos de gran prestigio: Así tenemos el ejemplo de Alonso Antonio de San Martín, hijo de Tomasa Alana, dama de la reina, que llegó a obispo de Oviedo y de Cuenca; o el caso de Ana Margarita que ingresó como monja en el Real Monasterio de la Encarnación de Madrid, del que acabó siendo su superiora.

Los investigadores han podido identificar a una decena de estos bastardos y su biografía es el mejor ejemplo de la enfermiza obsesión por el sexo que se gastaba Felipe IV:

- Uno de sus primeros hijos bastardos nació de sus amores con la hija del conde de Chirel. Para poder seducirla no se le ocurrió otra cosa que mandar a su padre a la guerra de Italia y así nació uno de sus primeros hijos bastardos.

 - Otro ejemplo, nos lo proporciona Alonso Henríquez, fruto de los amores del rey Felipe IV con una dama de honor de la reina. Su padre "legal" fue un hombre de confianza de la cámara del rey que fue obligado a casarse a toda prisa con la pobre Constanza. Alonso, como la mayor parte de los bastardos, fue protegido durante toda su vida, y acabó alcanzado el cargo de obispo de Málaga.

- Uno de esos affairs amorosos que mejor representa la libido incontrolable del monarca es el que mantuvo con doña Casilda Manrique, una de las damas de la reina. Lo destacable no es que se liase con una de las damas de la reina, ya que ese era uno de sus "campos de caza" favorito, sino que esta Casilda era la guardadamas mayor, precisamente la mujer encargada de velar por la moral del resto de damas jóvenes que acompañaban a la reina. Y aunque el hijo nacido de esta relación nunca fue oficialmente reconocido, pudo vivir en la Corte con la consideración y el apellido de hijo del rey.

.- Otra de esas anécdotas que nos brindan los numerosos bastardos reales es la que protagoniza Juan Cossío, bastardo real que pasaba por hijo de Francisco Cossío. Este Juan Cossío era un popular predicador agustino que residía en Nápoles. Los napolitanos al verlo por la calle exclamaban "ahí va el hermano del rey" por su extraordinario parecido físico que guardaba con Carlos II, hijo de Felipe IV.

- El único de todos estos bastardos que tuvo reconocimiento oficial por parte de Felipe IV fue Juan José de Austria. Aunque este reconocimiento formal por parte del rey tardó varios años en llegar, pronto se convirtió en uno de los hombres más importantes del reino. Juan José representaba el hijo que Felipe IV hubiese querido para el trono: Buen porte, sano, un hombre de carácter y muy capaz para el arte de la guerra y la política.


La maldición


Resulta curioso que un rey tan prolífico a la hora de tener hijos, tuvo hasta 13 hijos legítimos, sólo fuese capaz de aportar un heredero varón como sucesor, y vaya un heredero... el enfermizo Carlos II.


Pero no nos engañemos esta "maldición" nos revela dos terribles verdades sobre la vida en siglo XVII. Por un lado tenemos, la alta tasa de mortalidad infantil, incluso entre las clases más privilegiadas. Pero por otro, tenemos la enfermedades de transmisión sexual, y es que no nos debe extrañar que en algunas de sus correrías nocturnas en los burdeles de la capital, el monarca contrajese la sífilis y se la transmitiese a sus dos esposas.

Retrato de Carlos II el Hechizado.

Si a la sífilis, le sumas el alto grado de consanguineidad de los Habsburgo, el resultado es la desgraciada historia de abortos y mortalidad infantil de la descendencia legítima del rey.


De su primer matrimonio, con Isabel de Borbón, nacieron siete hijos, de los cuales sólo dos llegaron a adultos:  Una hija, María Teresa de Austria y Borbón que llegó a ser reina consorte del Rey Luis XIV de Francia, y un hijo Baltasar Carlos, que murió fulminantemente a los 17 años por un brote de viruela.

Detalle del Príncipe Baltasar Carlos a caballo de Velázquez fechado en 1635.
Museo del Prado. Madrid.

Este fue quizá el golpe más duro que sufrió el monarca en toda su vida y lo sumió en una profunda depresión. Y es que su muerte llegó en uno de los momentos más difíciles de su reinado, por lo que a los desastres políticos acontecidos durante esa época (Pérdida de Portugal, guerra con numerosas derrotas ante Francia y Flandes, sublevación de Cataluña) se le sumaron numerosas tragedias familiares: fallecimiento de su esposa, muerte de su hermano el Cardenal Infante Fernando, y la pérdida de su único hijo varón.

Todo esto provocó la necesidad urgente de buscar un heredero válido para la Corona, por lo que se cometió el gran error de buscarle matrimonio con la opción más mano que encontraron... la prometida de su difunto hijo, la sobrina del rey, la Archiduquesa Mariana de Austria. Como decimos esto fue un gran error, ya que el grado de consanguineidad entre los futuros esposos era demasiado elevado, incluso para los cánones de la época.

Mariana por Diego Velázquez, 1656.
Aun así, el matrimonio siguió para adelante, y la jovencísima Mariana tuvo hasta cinco nuevos hijos con el monarca, pero de nuevo, sólo dos lograron llegar a la vida adulta: Margarita, esposa del emperador alemán Leopoldo I, que murió con tan sólo 21 años; y el pobre Carlos II "El Hechizado", cuya muerte sin herederos llevó al declive definitivo de la monarquía Hispánica, con la sangrienta guerra de Sucesión, el fin del reinado en nuestras tierras de la casa de Austria, y la instauración de los Borbones en nuestra corona.


Su confidente, la mística monja Sor María de Ágreda


Todos estos golpes, tanto políticos como personales, sufridos en el tramo final de su vida, hicieron que el monarca buscase ayuda divina. Por lo que sabedor de su inmoralidad aprovechó un viaje a Cataluña para encontrarse con una religiosa de prestigiosa fama que intercediese ante el Altísimo en su nombre. El nombre de esta mujer era Sor María de Ágreda, y rápidamente se convirtió en la más fiel y sincera consejera que jamás tuvo el monarca, manteniendo una intensa relación epistolar durante más de 20 años, y en la que no sólo le aconsejó sobre temas espirituales, sino también, y con un acertadísimo sentido de estado, sobre temas políticos.

Retrato de Sor María de Ágreda.


Esta correspondencia es el mejor retrato psicológico que tenemos del rey, y buceando en ella, podemos entender la desazón interna que sufría el rey ante la pérdida continúa de territorios y prestigio de su Reino, y la profunda depresión que cayó ante los dramas familiares que le golpearon.

El monarca achacaba todos estos males a un castigo divino por sus continuos pecados, ya que creía que Dios le había abandonado por su vida libertina. 


No dudó en pedirle consejo a la monja sobre como vencer al demonio que le poseía: "Soy tan frágil –le escribía, desolado– que nunca saldré de los embarazos del pecado".

Y a pesar de las oraciones, consejos y advertencias de Sor María, Felipe fue incapaz de abandonar su conducta libidinosa, provocando que la monja se quejase amargamente que incluso en plena crisis política, con los levantamientos de Portugal, Cataluña e Italia, el rey hubiese instalado en Palacio a una actriz de sospechosa moralidad pública.


Conclusión


Finalmente, Felipe IV falleció en el año de 1665 a la edad de 60 años. Y aunque durante muchos años la historia le retrató como un hombre despreocupado por los asuntos de gobierno y dedicado a una vida de vicios y placeres, dejando su gobierno en manos de los famosos validos; en los últimos años la historiografía ha modificado esta visión del monarca, que aunque es cierto que hasta su muerte fue incapaz de controlar su insaciable apetito sexual, sí que fue un soberano preocupado por su reino y atento a todos los asuntos de Estado.

Último retrato de Felipe IV, donde se aprecia un cansancio notable.
Velázquez. 1656.
National Gallery de Londres.

Lógicamente el declive del imperio español hay que buscarlo en muchos más factores que la vida personal de un monarca. Un vida marcada por su irrefrenable conducta lujuriosa y su mala suerte en lo personal, lo que acarreó, en una persona fervientemente católica como era, un sentimiento de culpa y amargura que le acompañó hasta sus últimos días.

Tal vez, un sentimiento de culpa que sólo era capaz de olvidar cuando iniciaba una nueva conquista amorosa, y es que en el pecado siempre llevó la penitencia.



Bibliografía:

- Deleito y Piñuela, J.;  “La mala vida en la España de Felipe IV”.  Madrid. Alianza. 2005.

- Deleito y Piñiela, J.; "El rey se divierte". Madrid. Alianza. 2006

- Silvela Cantos, R.; “Felipe IV: el rey galán”. Barcelona.  GRM. 2004.

- Álvarez Lobato, P. y Álvarez San Miguel, C.; Felipe IV, el sexo y su época en "Sexualidad, psiquiatría y biografía". Editorial Glosa. 2007.


[En Internet]



Revista Historia y Vida: http://www.lavanguardia.com/historiayvida/la-vida-sexual-del-rey-felipe-iv_11663_102.html

http://www.abc.es/espana/20150210/abci-felipe-adiccion-sexo-201502091748.html

http://xsierrav.blogspot.com.es/2015/10/felipe-iv-adicto-al-sexo-y-sifilitico.html



viernes, 1 de junio de 2018

El escándalo sexual de Felipe IV con una monja

Felipe IV podría pasar a la historia bajo las palabras del historiador alemán Pfandle: "Un Hércules para el placer y un impotente para el gobierno", y es que, este monarca no sólo tenía fama de promiscuo, como otros muchos reyes, sino de ser un auténtico adicto al sexo. Por su cama pasaron todo tipo de mujeres, de toda clase y condición, y como buena muestra de ello están los más de 40 hijos bastardos que dejó.

Estábamos preparando una entrada sobre su azarosa vida sexual pero, como podéis imaginar, circulan tantas anécdotas sobre los devaneos amorosos de Felipe IV, y hay historias tan jugosas, que merecen un post aparte; como la que nos trae aquí; quizá, la más escandalosa, la que tuvo lugar en el recién fundado convento madrileño de San Plácido.

Cuentan las crónicas que el convento de San Plácido, situado en el barrio de Malasaña, fue testigo del insaciable apetito sexual de Felipe IV, que protagonizó un escandaloso hecho al intentar conquistar a una monja llamada Margarita de la Cruz.


Según se relata en un manuscrito anónimo el fundador del convento, un tal Jerónimo de Villanueva, protegido del Conde-Duque de Olivares, y buen conocedor de los gustos del monarca, informó a ambos de la presencia de una novicia de extraordinaria belleza de nombre Margarita de la Cruz.

Retrato de Felipe IV, por Diego Velázquez.

El rey, ávido de nuevas conquistas, no dudó en utilizar todos sus recursos para lograr colarse en secreto en el convento, utilizando para ello un pasadizo oculto que conectaba la casa de don Jerónimo con la carbonera del convento, y comprobar con sus propios ojos si eran reales las afirmaciones sobre su belleza. Y en efecto, la hermosura de Margarita era tal que el rey cayó rendidamente enamorado de esta mujer. Por lo que, tras unas primeras visitas de cortesía, el ardor del monarca le hizo solicitar a su nueva conquista sus primeros favores sexuales.

La pobre monja, asustada por el gravísimo pecado que estaba a punto de cometer, confesó los planes de su majestad a la priora Teresa del Valle, que planeó una estrategia para intentar frenar la libido incontrolable de Felipe IV.


Catafalco.
Así, llegado el día donde el monarca esperaba culminar su nueva conquista entró por el monasterio a través de la entrada secreta y cuando accedió a la celda se encontró una puesta en escena perfecta para hacer caer la pasión a cualquier buen cristiano. La monja estaba tendida sobre un improvisado catafalco (sepulcro cubierto con una tela negra) con la habitación repleta de flores e iluminada por cirios para que se viesen bien el crucifijo que sostenía, la falsa muerta, entre sus manos.

Como se pueden imaginar, este falso velatorio cumplió a la perfección su cometido y conmocionó a su muy católica majestad, que creía muerta a su prometedora amante. Pero pronto llegaron a oídos del monarca que todo había sido una treta de la abadesa, por lo que, como buen cazador, esto le espoleó aún más sus ganas de conseguir su ansiado "trofeo" y siguió con insistencia reclamando una visita a solas con Sor Margarita.

El asunto empezó a ser tan escandaloso que la propia Inquisición tuvo que intervenir.


Conde-Duque de Olivares, la persona más poderosa del mundo en su época.

 

Con la Iglesia hemos topado...


Fue el propio confesor personal de Felipe IV, el Inquisidor General Antonio de Sotomayor, quién inició el proceso para frenar definitivamente este sacrilegio. Como las figuras del Rey y de Olivares eran intocables, el proceso se centró contra el menos poderosos de todos los cómplices, el desdichado de Jerónimo de Villanueva, que acabó con sus huesos en la cárcel inquisitorial de Toledo el 30 de agosto de 1644. 

Para comprobar el poder que tenía el Santo Oficio, comentar que a pesar de ser amigo personal del Rey y del todopoderoso Conde-Duque, estuvo en la cárcel durante más de dos años, y sólo gracias a estos contactos pudo conseguir la absolución, pero pagando un alto coste: ya que no podía volver a pisar el convento de San Plácido, ni ponerse en contacto con sus monjas, también le impusieron una multa de 2.000 ducados, y lo peor de todo, tuvo que abandonar la Corte y pasar sus últimos días en la ciudad de Zaragoza.

Con la Iglesia hemos topado.

El asunto estaba siendo tan molesto para la Corona, que dicen las malas lenguas, que el mismísimo Conde-Duque de Olivares se presentó ante el inquisidor general que estaba instruyendo el caso y le espetó que tenía en sus manos dos decretos reales: Uno de los decretos era su renuncia al cargo y un retiro de oro a su ciudad natal con una abundante renta. El otro decreto era una orden de destierro en el plazo de 24 horas. No hace falta añadir que el inquisidor vivió el resto de sus días muy feliz en su Córdoba natal.

¿Por qué acabó una obra de arte del calibre del Cristo crucificado de Velázquez en este sencillo convento?


 A pecado nuevo, penitencia nueva.



Cristo crucificado, de Velázquez.
Aunque existe otra versión más plausible de lo que sucedió después del hecho del falso velatorio, y ahora vendría bien preguntarse ¿cómo es posible que en convento recién fundado tuviese obras de arte como un Niño Jesús de Montañés, un Cristo Yacente de Gregorio Hernández, un cuadro de 'La Anunciación' de Claudio Coello en su altar mayor o el mismísimo Cristo crucificado de Velázquez?

En esta otra versión se cuenta que el monarca se quedó bastante traumatizado al ver a la pobre monja tendida sobre el féretro, ¡¡hasta ese punto tuvo que llegar para escapar de sus insaciables apetitos sexuales!!, por lo que el rey arrastró enormes remordimientos de conciencia durante toda su vida. Recordar que, Felipe IV, fue un ferviente católico, por lo que no tendría que ser fácil vivir consigo mismo y sus continuos arrebatos amorosos.

Eran tan grande la culpa que sentía por todo lo acontecido que, para limpiar su conciencia, realizó importantes regalos a la congregación, el más sonado fue el incunable cuadro de Velázquez.

Pero según un manuscrito anónimo del finales del siglo XVII, titulado 'Relación de todo lo suzedido en el casso del Convento de la Encarnazión Benita' se nos narra que el monarca también incluyó otro regalo. Un fabuloso reloj que en los cuartos tocaba difuntos, en recuerdo del lúgubre episodio que había ocurrido en el interior del convento, y que así siguió sonando hasta la muerte de la pobre Sor María.

Una de espías...


La Anunciación de Claudio Coello
Y por si esta historia fuera poco rocambolesca, aún guarda una sorprendente historia de espías...  El Papa, Urbano VIII, interesado siempre en guardar documentos comprometedores pidió que le enviaran una copia del proceso abierto por la Inquisición. Por lo que el Consejo de la Inquisición envió a su notario, Alfonso de Paredes, a Roma con una valija diplomática con toda la documentación.

Olivares trató de borrar todo rastro de este proceso, y por supuesto, evitar que ese informe llegase a manos del Papa, pero el mensajero ya había partido hacia el Vaticano, por lo que movilizó a toda su red de espionaje y embajadores españoles de Nápoles, Sicilia, Génova y Roma para que atrapasen al molesto mensajero e interceptasen los informes, se cuenta que incluso mandó un retrato robot del tal Alfonso de Paredes.

Los servicios secretos españoles, que por aquel entonces eran los mejores del mundo, lograron prender al mensajero antes que llegase a Roma, y la arquilla sellada fue devuelta a Madrid intacta, vía Nápoles. El Conde-Duque nada más recibir ese peligroso informe lo quemó en la chimenea de la cámara real, en presencia del mismo rey.

Como recomendación final os invitamos a visitar la iglesia y el convento de San Plácido, situadas en el populoso barrio madrileño de Malasaña. 


El convento ha sido restaurado hace pocos años, y en él aún vive una comunidad de monjas, por lo que si solicitáis hora seguramente os puedan hacer una visita guiada por el edificio, y contaros éste, y otros muchos secretos que guarda el convento.

Convento de San Plácido. Madrid.


Bibliografía



Huerta MAC. El convento de San Plácido: Historia, arte y leyenda en el corazón de Madrid. La librería; 2003. 95 p.

Puyol Buil, Carlos (1993). Inquisición y política en el reinado de Felipe IV. Los procesos de Jerónimo de Villanueva y las monjas de San Plácido, 1628-1660. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

https://www.somosmalasana.com/conociendo-san-placido-unos-muros-con-historia-y-leyenda/

 https://bayucablog.wordpress.com/2011/04/15/felipe-iv-el-pasmado/



sábado, 25 de febrero de 2017

La sala secreta del Museo del Prado

Las 'Salas Secretas' de los Museos:
1.- Gabinete de Objetos Obscenos de Nápoles
2.- British Secretum, el armario 55
3.- Salas secretas y pinacotecas eróticas en la España Moderna
3.1.- La Sala Secreta del Museo del Prado
3.2.- Los gabinetes reservados de los nobles
4.- El Infierno de la Biblioteca Nacional Francesa
_____________________________________________________

La Sala Secreta del Museo del Prado

Hoy en día cuando paseamos por los pasillos de un museo miramos casi con indiferencia las imágenes de desnudos que se despliegan ante nosotros, sin apenas ser conscientes del efecto turbador que causaron esas mismas imágenes a nuestros antepasados...

Por lo que nunca está de más recordar que la contemplación de un cuerpo desnudo en su totalidad es un fenómeno contemporáneo, ya que ni siquiera en la intimidad del lecho conyugal se solía ver el cuerpo desnudo de la mujer (incluso las más descaradas meretrices solían tapar sus partes más íntimas).

No nos puede sorprender que estas imágenes de desnudos fueran consideradas tan escandalosas que solo los personajes más poderosos se atrevían a custodiarlas en sus colecciones privadas.


Normalmente guardadas en salas reservadas o escondidas tras gruesas cortinas, incluso sabemos que desnudos de grandes artistas fueron pasto de la moral y el fuego de la Inquisición.

'Dánae' de Tiziano, una de las obras más sensuales (y polémicas) de todos los tiempos.

Por ello os invitamos a poneros en la piel de uno de estos poderosos personajes y sentir por un momento la emoción que embriagaría sus sentidos al entrar en una de esas salas reservadas y contemplar la belleza de esos cuerpos desnudos destinados sólo para sus ojos. O el temblor que sacudiría todo su ser cada que vez que descorría la cortina que ocultaba alguno de sus más preciados tesoros.

Unos desnudos que sugerían mucho más que el mero placer estético de un cuerpo desnudo, sino que contendrían todo un simbolismo erótico y sensual que convertía estas obras en auténticas afrentas contra la moral imperante. De ahí que gran parte de ellas hayan pasado la mayor parte de su existencia escondidas en salas reservadas.

Y cómo no podía ser de otra manera nuestro Museo del Prado también albergó una Sala Reservada con más de 70 lienzos de desnudos. Una sala que apenas estuvo vigente 10 años, entre 1827 y 1838, y es que el efecto de concentrar todas estas obras sensuales en una sola habitación despertaba aún más las fantasías eróticas de sus posibles visitantes que el integrarlas entre el resto de colecciones del Museo.

Un viaje de 500 años...


Pero este viaje hay que iniciarlo varios siglos atrás, ya que se puede decir que fue Carlos V quién inició esta colección de obras eróticas.

Cuadros y lienzos que se fueron acumulando en las colecciones reales, adaptándose a los gustos y pasiones de nuestros monarcas, pero también a sus fobias y prohibiciones, sufriendo numerosos episodios de censura y confinamiento en salas reservadas.


Adán y Eva, Alberto Durero (1507).
Óleo sobre tabla. Museo del Prado.
Los dos grandes impulsores de esta colección de desnudos, probablemente la mejor de toda la Europa Moderna, se la debemos a dos reyes fundamentalmente, que aunque de carácter totalmente dispar, sí que compartieron ese gusto por esta pintura "sensual"... Estamos hablando del "prudente y muy católico" rey Felipe II, y sus encargos a Tiziano, y el mucho más libertino Felipe IV quién no dudó en utilizar el pincel del mejor pintor de su tiempo, Velázquez, para satisfacer sus gustos "artísticos"

Pero muy pronto la mojigatería de los reyes Carlos III y Carlos IV provocó que purgasen las colecciones reales de tan "inmorales" pinturas, y aunque algún rey tuvo la tentación de arrojarlas directamente al fuego, por suerte para nosotros, algún asesor le sugirió que era mejor conservarlas, aunque recluidas en una sala, por lo que durante años estos lienzos fueron "escondidos" en una habitación de la Real Academia de Bellas Artes, una sala a la que sólo tendrían acceso artistas de intachable moral y reputación que solicitaban su acceso por motivos artísticos o de estudio anatómico.

Finalmente y tras nuevos vaivenes entre su exposición pública y su reclusión en salas especiales estas grandes obras de arte "censuradas" fueron reubicadas en el Museo del Prado, donde hoy en día las podemos contemplar sin ser conscientes de que más de una vez estuvieron a punto de ser destruidas para siempre por la férrea moral sexual impuesta por la religión en esta España nuestra.


Los inicios de la Colección


Aunque Carlos I ya empieza a coleccionar obras pictóricas de desnudos es su hijo, Felipe II, quien a pesar de la férrea moral católica que trató de implantar en todos los territorios de la Corona no dudó en coleccionar para su disfrute personal toda una serie de pinturas de desnudos, entre las que destaca la que para algunos ha sido una de las obras más escandalosas y polémicas de todos los tiempos...

Estamos hablando de las "Poesías" que Felipe II encargó a Tiziano para decorar su sala privada de descanso en el Alcázar Real, donde destaca sobremanera por su sensualidad y erotismo desenfrenado 'Dánae'.

Dánae, 1551-1553, The Wellington Collection, Apsley House.
La estrecha relación entre el pintor y el rey se ve plasmada en una carta donde Tiziano le informa a Felipe II del envío de una nueva poesía para su camerino personal:

"Y porque la Dánae, que ya mandé a V. M., se veía por la parte de delante, he querido en esta otra poesía variar, y hacerle mostrar la contraria parte, para que resulte el camerino, donde había de estar, más agradable a la vista. Pronto os mandaré la poesía de Perseo y Andrómeda, que tendrá una vista diferente a éstas".

Venus y Adonis (después de la restauración) Tiziano
Óleo sobre lienzo, 186 x 207 cm
Madrid, Museo Nacional del Prado
Por lo que aunque la historia nos ha transmitido una imagen de un Felipe II religioso y puritano, su afición por el arte, y por estas pinturas repletas de erotismo y pasión, nos hablaría de un hombre de un carácter mucho más humanista y refinado de lo que nos podemos imaginar.

Por contra, nos encontraremos con un buen número de reyes de carácter mucho más puritano, desde su hijo Felipe III que ordenó a su guardajoyas que retirase esas pinturas que ofendían "la modestia y la virtud" de quién las contemplaba, pasando por los primeros Borbones, como Felipe V, que vendió gran parte de estas pinturas, por no hablar de la beatería de Carlos III.


La sala íntima de Felipe IV


El otro rey aficionado al coleccionismo de lienzos eróticos fue Felipe IV, lo cual no nos debe extrañar, ya que si por algo destacó la faceta privada de este monarca fue por su adicción al sexo. Y aunque este rasgo de su personalidad lo analizamos en el post donde explicamos la adicción al sexo de Felipe IV, esta afición desmedida al sexo y al erotismo tuvo su mejor reflejo en el aumento constante de su colección de desnudos.

Y para ello no dudó en utilizar todos los medios a su disposición, desde usar su poderosa influencia para obtener apreciadísimo regalos, como el 'Adán y Eva' de Durero que fue un obsequio de la reina Cristina de Suecia, comprando directamente las obras de arte (envió a Velázquez a Italia para que adquiriese numerosos lienzos), e incluso realizando encargos personales a los mejores artistas del momento como "El juicio de Paris" que encargó a Rubens.

De esta forma Felipe IV reubicó la colección heredada de su abuelo Felipe II en una recóndita sala del Cuarto Bajo de Verano en la zona norte del Alcázar madrileño, curiosamente el lugar «en que S.M. se retira después de comer». La elección de esta sala no fue casual, ya que era una de las habitaciones más íntimas y recónditas de todo el palacio, alejada de miradas furtivas y habladurías indiscretas.

Conocemos la impresionante colección de pinturas que allí se albergaba gracias a la detallada descripción que hizo el erudito romano Casiano dal Pozzo, quien comenta que las poesías de Tiziano se hacían cubrir, por pudor, cuando la reina anunciaba su presencia.

Esta sala íntima debería suponer todo un canto al erotismo, la sensualidad y la voluptuosidad, ya que entre sus paredes destacaban no sólo las "poesías de Tiziano, sino también destacaban 'Adán y Eva', 'Venus con el amor y la música', 'Tarquino y Lucrecia'.


Años después, y debido al incremento constante de la colección pictórica real se trasladaron las pinturas de carácter más sensual a una nueva zona del palacio, conocida como las "bóvedas de Tiziano", donde junto a las numerosas obras de Tiziano se podían contemplar cuadros de Tintoretto, Veronés, Durero, Jordaens, Cambiaso y otro de esos grandes cuadros repletos de erotismo, 'Las tres Gracias' de Rubens.

Venus recreándose en la música, Tiziano. Óleo sobre lienzo (148 x 217 cm.). 1547.
Museo del Prado. Madrid.


Los cuadros condenados al fuego por Carlos III


Pero no todos los reyes iban a compartir esta afición por los cuadros eróticos. Se sabe que Carlos III en 1762 hizo una selección de las pinturas más escandalosas de su colección para, nada más y nada menos, que ¡quemarlas!

Auténticas obras universales de la pintura estuvieron a punto de ser pasto de las llamas, en una hoguera avivada por la mojigatería y la nueva política moral impulsada por el despotismo ilustrado de Carlos III.


Por suerte para nosotros, la intervención del artista Mengs así como del Marqués de Esquilache evitaron tal tragedia y lograron convencer al monarca de conservar estas pinturas no sólo por su valor artístico, sino también, por su interés académico, por lo que finalmente estos lascivos cuadros fueron encerrados en la llamada "Casa de Rebeque", una estancia vinculada al pintor de Cámara de su majestad.

Gracias a esta intervención se salvaron obras cumbres de la pintura universal como Dánae y algunas de las más bellas Venus de Tiziano, grandes obras de Rubens como Andrómeda liberada por Perseo, Las tres Gracias, Diana y Calisto o El juicio de Paris u otras obras únicas como El tocador de Venus, de Franceso Albani; y Hipomenes y Atalanta de Guido Reni.

Aunque el precio a pagar por su salvación fue encerrarlas durante años. Con Carlos III permanecieron ocultas en discretas salas del Palacio, y posteriormente con Carlos IV muchas de ellas fueron enviadas a la Academia de San Fernando (en 1792 y 1796) bajo fines académicos, y aunque la Academia trató de dar cierta visibilidad a estas obras, Carlos IV se negó en redondo, por lo que estas pinturas siguieron encerradas en una sala reservada de acceso restringido.

Francesco Furini. Lot y sus hijas. Óleo sobre lienzo (123 x 120 cm). 1640.
Museo del Prado. Madrid.


Nuevos aires de libertad...


Con la llegada de José Bonaparte al trono se intentó airear las viejas y rancias instituciones españolas, mediante un soplido de modernidad y libertad proveniente de tierras francesas. 


Por lo que se empezaron a cambiar algunos paradigmas relacionados con la moral sexual. De esta forma, durante un breve período de tiempo, estas obras fueron sacadas de su clandestinidad y expuestas públicamente para que sirvieran "de estudio a los discípulos de la Academia, de examen e imitación a los profesores y de complacencia a los amantes de las Bellas Artes".

Es más, el propio José Bonaparte también muy aficionado a la vida disoluta no dudó en quedarse tres de estas grandes obras para su disfrute personal en su residencia de la Casa de Campo.

Aunque el triunfo del Absolutismo y la derrota de los afrancesados supuso de nuevo el confinamiento de estas obras en la Academia de Bellas Artes, hasta que en 1827, a la luz de los nuevos conceptos museográficos y en plena expansión del Museo Real, se decidió trasladar de nuevo estas obras al Museo del Prado.

Nacía la Sala Reservada del Prado, ya que estas obras fueron expuestas en una sala especial situada en el extremo suroriental del piso bajo del Museo especificándose que "es la soberana voluntad de Su Majestad que de ningún modo se coloquen a la vista del pueblo aquellos que por razón de la poca decencia de sus objetos y demás circunstancias que reúnan merezcan ponerse en sitio reservado".

Por lo que el acceso a esta sala estuvo restringido durante muchos años y "que sólo se enseña a las personas portadores de un billete especial (…), pues contiene todas las desnudeces que hubieran podido asustar a las damas” señalaba en 1831 el francés Prosper Mérimée en su crónica de su visita al Museo del Prado

Finalmente esta sala fue desmantelada en 1838, ya que los responsables del museo eran conscientes del efecto provocador que causaba la existencia de esta sala, además de ser una división artística completamente anacrónica.


Y es como bien se señala en la propia página del Museo del Prado "era más un exponente del Antiguo Régimen que del mundo contemporáneo, y no extraña que su existencia coincidiera con los últimos años de la vida de Fernando VII, un monarca absoluto con una mentalidad más cercana a la de sus colegas de siglos pasados que a la de los más destacados gobernantes europeos de su época."

Pero aun así el peso de la censura siguió vigente, ya que la obra más erótica de todas, la 'Dánae' siguió oculta a la vista del público general durante varios años más, exponiéndose en el "gabinete de descanso" del Museo, una sala con unas magníficas vistas al Jardín Botánico y que servía de descanso para cuando acudían las más altas dignidades a visitar el Museo.


Conclusión


La existencia de estos gabinetes privados son un claro reflejo de la moral imperante durante gran parte de la historia de España, ya que desde el Renacimiento fueron muchas las voces que se alzaban contra la presencia de cualquier tipo de desnudo en las obras de arte, por lo que las obras con los desnudos más explícitos y sensuales siempre estuvieron bajo sospecha, recluidas en estancias apartadas y discretas.

Pero a pesar de ello, o precisamente por ese motivo, fueron considerados objetos de lujo y de gran valor económico e incluso político. 


Por eso no nos puede sorprender que estas salas reservadas fuesen de gran importancia para algunos de sus dueños, ya que no sólo eran estancias para recrearse visualmente o estéticamente, sino que eran todo un símbolo de poder y de estatus social.

Perseo liberando a Andrómeda.
1640. Óleo sobre lienzo.
267 x 162 cm.
Aunque este largo camino entre arte, moral y censura siempre tuvo un carácter sinuoso, variando la moral sexual de la sociedad con el transcurrir de los siglos, y ¡ojo! no siempre a mejor...

Uno de mejores ejemplos de esto lo representa el cuadro de 'Perseo liberando a Andrómeda', un lienzo que se expuso sin ningún tipo de reparo durante el siglo XVII en una de las habitaciones de mayor importancia dentro del real Alcázar de Madrid, el Salón de los Espejos, destinado a recibir importantes visitas protocolarias.

Pues en pleno siglo XVIII este cuadro fue apartado de este lugar público por ser considerado demasiado indecente y pasó a engrosar la lista de cuadros censurados, ya que con el paso de los años el trasfondo político de este lienzo, la representación del buen gobierno, se fue diluyendo. Y por contra, fue aumentando la simple visión estética del cuadro, por lo que el desnudo de la mujer tomaba mucho mayor protagonismo.

Otro hecho curioso en este camino de moral y censura es que con la llegada del despotismo ilustrado, aunque pueda parecer contradictorio la moral sexual de nuestros monarcas se volvió mucho más conservadora. Y es que como buen representante del despotismo ilustrado su ideal era ser reflejo para sus súbditos de una moral intachable, por lo que acabaron desterrando cualquier conducta u objeto que pudiese ser tildado de inmoral. A todo ello, seguramente, también contribuyó los siniestros personajes religiosos que siempre rodearon, y lo que es peor, influyeron, a nuestros soberanos, inculcándoles visiones de lo más retrógradas relativas a la sexualidad.




BIBLIOGRAFÍA:

-GEORGE, B.: “Las lágrimas de Eros”. Tusquets. Barcelona, 1977.
-KENNETH, C.: “El desnudo. Un estudio de la forma ideal”. Alianza Ed. Madrid, 1981.
- PORTÚS, J.: “La Sala Reservada del Museo del Prado y el coleccionismo de pintura de desnudo en la Corte española, 1554-1838”. Museo del Prado. Madrid, 1998.
- VV.AA.: “El desnudo en el Museo del Prado”. Fundación de Amigos del Museo del Prado y Círculo de Lectores”. Madrid y Bacelona, 1998.

[En Internet]

https://www.museodelprado.es/aprende/enciclopedia/voz/sala-reservada/91593a25-dd47-40c5-95b6-6a2f709155d2

http://artetorreherberos.blogspot.com/2011/09/las-obras-secretas-del-museo-del-prado.html LAS OBRAS SECRETAS DEL MUSEO DEL PRADO . ARTE TORREHERBEROS







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sábado, 19 de noviembre de 2016

Sexo y Moral en la España de Felipe IV

Nada mejor que analizar la sexualidad de la España de la época de los Austrias para comprobar la doble moral que siempre ha existido en torno al sexo...  y es que a pesar de la estricta y férrea moral sexual pregonada por la Iglesia contrareformista y exaltada por la propaganda del reino, si por algo destaca la España de la Edad Moderna es por su inmoralidad y por la escandalosa corrupción de costumbres, especialmente entre las capas sociales más distinguidas, incluida ¡cómo no! la propia casa real.

Por lo que según que fuentes consultemos podemos llevarnos dos imágenes muy distintas de una misma sociedad: Por un lado tenemos a la Iglesia Católica, que no dudó en desplegar todas sus armas para controlar la moral sexual de los ciudadanos y someterlos a un puritanismo que desterrase toda clase de vicios pero también cualquier visión de una sexualidad positiva. Así no nos debe extrañar la abundancia de referencias sexuales en todo tipo de documentos eclesiásticos: en sermones, instrucciones para confesores, libros de espiritualidad,...

 Si por algo destaca la España de la Edad Moderna es por su inmoralidad y por la escandalosa corrupción de costumbres.


Y una de las mejores herramientas con las que contó la Iglesia para imponer su severa moral sexual fue la Inquisición, auténtico brazo armado, que no dudó en utilizar cruelmente, y casi siempre contra los sectores más desfavorecidos de la sociedad para reprimir cualquier atisbo de desviación sexual de la norma, por lo que la fornicación o el adulterio vistos como algo normal entre el pueblo llano pronto fueron objeto de duros castigos.

Pero por otro lado, si analizamos la literatura popular o algunos documentos judiciales podemos observar la otra España, que vivía bajo una sensualidad desenfrenada, donde la corrupción de las "buenas costumbres" era cosa habitual, donde el sexo, la sexualidad y el erotismo estaban muy presentes en la muy católica y recatada España....

Y si hemos decidido titular este post así es porque precisamente durante el reinado de Felipe IV (1606-1665) es cuando esta doble moralidad es más evidente, ya que durante su gobierno se produjo un cierto relajamiento en las costumbres aunque el peso de la moral impuesto por la Iglesia seguía rigiendo la vida del pueblo llano. Un período donde los círculos cortesanos disfrutaron de una vida licenciosa mientras la Inquisición no dudaba en condenar por esas mismas acciones a cualquier otro elemento de la sociedad.

Retrato de Felipe IV, Diego de Velázquez (1623).
Museo del Prado.

Durante el reinado de Felipe IV  es cuando esta doble moralidad es más evidente.


Moralidad Estratificada

La primera característica que podemos destacar de la sexualidad de esta época es que no deja de ser un reflejo de su sociedad, ya que el concepto de pecado, o mejor dicho, la gravedad de la falta cometida era juzgada de manera muy diferente según a que grupo social perteneciese el infractor.  Las clases elevadas gozaban de cierta permisividad ante algunos comportamientos sin que la menor sombra de sospecha o culpabilidad se cerniese sobre estos hombres.

El mejor ejemplo de ello son los numerosos hijos bastardos que toda familia noble poseía, es decir, hijos nacidos fuera del matrimonio y que en muchos casos eran reconocidos oficialmente sin ningún rubor.

Retrato atribuido a La Calderona.
Museo de las Descalzas (Madrid).
También son numerosos los testimonios existentes sobre la lujuria y avidez sexual de lo más granado de la sociedad, distinguidos personajes que no dudaban en flirtear con damas de dudosa reputación en prostíbulos, teatros o tabernas. Y sin duda, el mejor representante de esta situación, no podía ser otro que el mismísimo rey Felipe IV, cuyo desenfreno sexual alcanzó niveles alarmantes: Tuvo hasta 30 hijos bastardos, mantuvo relaciones con mujeres de toda clase y condición, siendo su romance más sonado el que mantuvo con la actriz 'La Calderona', fruto del cuál nació don Juan José de Austria, el único hijo bastardo del rey reconocido.

En cambio, el pueblo llano sufría el rigor de la más estricta moral católica, o al menos así los intentaban aplicar las autoridades tanto civiles como eclesiásticas.


Doncellas y virginidad.

Para la mentalidad de la época el bien más preciado en una mujer era su virtud, por lo que cualquier dama que quisiese mantener su honra intacta debía rechazar cualquier posible tentación, ya fuese de palabra, obra o pensamiento relacionada con el sexo. Y es que para cualquier doncella era fundamental conservar su virginidad y llegar intacta al matrimonio.

Aunque si hacemos caso a la ácida pluma de muchos escritores de la época eran muchas las que alardeaban de ser doncellas pero pocas las que realmente lo eran. Incluso se insinuaba que las mismas doncellas de la corte hacían gala de virtudes que hacía tiempo que habían perdido.

La Fornarina, Rafael Sanzio (1519)
Galería Nacional de Arte Antiguo, Roma.
Era una virtud tan preciada por la sociedad que las leyes castigaban con severidad a los causantes de su pérdida, así que desflorecer a una doncella también tenía sus peligros, ya que el hombre podía ser objeto de denuncia por robarle la virginidad a una mujer. Por lo que el peligro de cárcel o galera, sólo podía evitarse casándose con la mujer o pagándole a la familia de la mujer una buena suma de dinero para paliar la mancha familiar.

Pero en esta España de la picaresca y la doble moral no era extraño encontrar casos donde pícaras damas de "intacta" virtud se compinchaban con algún familiar para engañar a algún hombre incauto  y amenazarle con denunciarlo ante la terrible pérdida que había sufrido la cándida joven ante tan desvergonzado e impetuoso hombre, vergüenza familiar que sólo se podía satisfacer con una cuantía económica.

Pero como decimos esto de la virginidad no era un asunto baladí, era tal el grado de libertinaje sexual existente en toda las capas sociales que no era extraño encontrar escrituras públicas donde se confirmaba bajo notario la virginidad de tal o cual doncella antes de contraer matrimonio, especialmente en aquellas casos donde había sospechas de la vida disoluta de la doncella.

Amantes y mancebas.

Claro ejemplo de todo esto era el gran número de mancebas existentes en la sociedad moderna española, hay que entender que el significado de manceba no tiene porqué corresponder sólo a la mujer de vida licenciosa o de profesión poco honrosa, cualquier mujer que tuviese una relación de pareja, incluyendo trato sexual, pero fuera del matrimonio entraba en esta categoría.

Así por ejemplo las mismas criadas solían convertirse en mancebas dentro de la misma casa donde vivía la esposa, por lo que algunos de estos amancebamientos eran tan duraderos como los mismos matrimonios.

Estaba tan extendida esta figura de la manceba que se daba en todos los estamentos de la sociedad, incluso las dignidades eclesiásticas no se privaban de caer en la tentación de la carne, no sólo curas y frailes, sino incluso inquisidores. Pero a pesar de que la figura del clérigo solicitante estuvo duramente perseguida por el Santo Oficio los procesos abiertos fueron numerosísimos.

The procuress, Jan Gerritsz van Bronckhorst, 1638.
Brukenthal National Museum
Así numerosos viajeros extranjeros quedaban sorprendidos ante el desenfreno sexual que se vivía en la corte española, el francés Brunel escribió que "no hay nadie que no mantenga a una querida o que no caiga en las redes amorosas de una prostituta".

Uno de los casos más sonados fue el del conde de Villamediana, don Juan de Tassis, quién se rumoreaba en los mentideros cortesanos que mantenía un romance con la propia reina, doña Isabel de Borbón, por lo que su asesinato en las calles de Madrid vino a acrecentar este posible rumor.

Aunque como bien advertía  Antonio de Brunel en su "Voyage d'Espagne" (Cap. IX) algunas mancebas destacaban por su picardía a la hora de esquilmar a su amado: "No hay hombre alguno que no tenga su dama y no trate con alguna cortesana... Y como no las hay en toda Europa, ni más viva, ni más descarada, y que entienden más bien aquel maldito oficio, cuando llega a caer alguno en su red, lo despluman bellísimamente".

Pero no hay que olvidar las dos principales consecuencias de estos amancebamientos por un lado tenemos la aparición de numerosos hijos bastardos y por otro, la propagación de numerosas enfermedades venéreas, ambas con importantes repercusiones sociales. Por lo que la prostitución y las casas de mancebías eran la solución para dar rienda suelta a esta promiscuidad social.

Dama enseñando el pecho, Tintoretto, S.XVI.
Museo del Prado


Prostitución: De las casas de mancebías a la clandestinidad

No nos detendremos mucho en el fenómeno de la prostitución ya que le dedicaremos un capítulo aparte más adelante. Simplemente apuntar que los prostíbulos o mancebías estaban normalmente situados en una zona concreta de la ciudad estando regulados por ordenanzas públicas. Aunque como ya hemos tratado en numerosos posts el fenómeno de la prostitución muchas veces escapaba del control de las autoridades locales, existiendo todo tipo de prostíbulos y meretrices. Podemos destacar aquella prostitución de carácter ambulante que siempre acompañaba a determinados colectivos (soldados, campañas agrícolas) o hacía presencia en fechas concretas (ferias y mercados)
.
Este control por parte de las autoridades, ya fuese real o municipal, corría a cargo del denominado padre o madre de la mancebía, persona encargada de hacer valer las ordenanzas, vigilar la salud y las condiciones de las prostitutas y cobrar las rentas.

Era tal el volumen de ingresos que generaban estas mancebías que no era raro que los locales, cuando no los administradores indirectos de estos prostíbulos fuese alguno de los personajes principales de la ciudad, el ayuntamiento o incluso alguna orden religiosa.

Aunque es precisamente bajo el reinado de Felipe IV cuando se inicia la prohibición reglamentada de la prostitución, ya que bajo la influencia de los jesuitas se intentó impulsar una nueva política moral, para ello promulgó dos Pragmáticas: una en 1623, "Prohibición de mancebías y casas públicas de mugeres en todos los pueblos de estos reynos"; y otra en 1661, "Recogimiento de las mugeres perdidas de la Corte, y su reclusión en la galera". Con ellas, la prostitución entraba a formar parte de la clandestinidad y las 'malas mujeres' eran ahora perseguidas y sancionadas.

Ilustración de 'La Celestina'

Pero como se puede intuir estas medidas no tuvieron un resultado demasiado efectivo, ya que el fenómeno de la prostitución se extendió por todos los rincones de la ciudad. Así Meléndez Valdés denunciaba en 1798 que en Madrid:

 "Abundan por común desgracias a cada paso y donde quiera los objetos de la más vergonzoza prostitución; donde la corrupción impudente camina sin freno tan libre y descocada, insultando a la virtud y decencia pública; donde malogrando la severa vigilancia de V.A., la liviandad, el ocio, la miseria, la infame seducción ofrecen sin cesar al vicio nuevas víctimas, donde mil infelices van día y noche por esas calles brindando a todos con sus sucios y vales favores: donde, en fin, es tan fácil ¡ojalá no lo fuese! sacrificar el vicioso a su sensualidad y lascivo desenfreno"

Por último hablar de otra de las muchas caras de la prostitución, la reflejada en la literatura y las comedias teatrales, la del marido consentido que no duda en hacer la vista gorda ante las infidelidades de su mujer siempre que reciba un beneficio económico. Una figura la del marido proxeneta muy habitual en el mundo de la prostitución desde la edad media como ya vimos en otros post.

Delitos.

Uno de los mejores botones de muestra para entender el libertinaje reinante en esta sociedad es revisar los libros de justicia y ver como las infracciones de la moral sexual dominante son bastante habituales tanto por su cotidianeidad como por el especial eco que adquieren algunos casos, sobre todo en los que hay implicado algún personaje de la Corte que interesa que su carrera sea cortada.

Entre los delitos de carácter moral o sexual más habituales encontramos todos aquellos tildados como relaciones ilícitas, adulterios, concubinatos y amancebamientos. En menor medida, encontramos también casos de violaciones y estupros, procesos por alcahuetería incluso de bestialidad, delito asociado a las clases sociales más marginales y castigado habitualmente con la muerte.

Auto de fe de la Inquisición, Fco. de Goya, 1812-1819.
Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid


El 'sexo contra natura', es decir, las relaciones homosexuales entre hombres fue un crimen bastante habitual. Así en la Corona de Aragón donde el tribunal de la Inquisición tenía plenos poderes para juzgar los delitos de sodomía se contabilizaron entre 1540-1700, 791 casos en Zaragoza, 453 en Barcelona...

Por último señalar que en una infidelidad el marido engañado por su mujer podía ejercer la justicia por su cuenta, siempre que sorprendiera a los amantes "in fraganti". Para ello necesitaba a un testigo y tenía que matar a ambos. El honor llevaba a cumplir con la condena pero la razón llevaría a más de un marido engañado a volver la cara hacia otro lado.

La Bendición, Simeon Chardin.
1740. Museo del Louvre. Paris.
Mujer

Para concluir este amplio resumen sobre el sexo y la moral en la España del siglo XVII vamos a analizar brevemente el papel de la mujer en la sociedad.

La mujer estaba en una situación de total dependencia respecto al varón, que debía ser su valedor y protector. Esta situación venía refrendada tanto por la legislación civil, basada en el derecho romano y canónico, como por la Iglesia que defendía esta situación de subordinación tanto en el púlpito como en el confesionario.

Y no hay que menospreciar la influencia de la Iglesia en este aspecto, ya que normalmente la figura del confesor era de gran importancia en la vida de las mujeres... Así varios eclesiásticos nos definen el papel de la mujer ideal: San Carlos Borromeo sugiere que una dama debe cumplir con "el horario estricto, la oración continua, el recogimiento y la paciencia", por su parte Fray Luis de León también retrató el ideal de la mujer en su obra 'La perfecta casada', una obra donde se esgrimía que la buena católica debía ser modelo de decencia, honestidad y pudor.

Con todo ello podemos adivinar que la mujer estaba por entero circunscrita al hogar y al cuidado de la familia y su hogar, debiendo completa dedicación a su marido. Por otro lado, la mujer era la depositaria del honor de la familia, una valor este del honor de gran consideración en la sociedad del Antiguo Régimen, por lo que una mujer infiel o una mujer que no llegase virgen al matrimonio suponía no sólo una grave afrenta hacia ella misma, sino también hacia toda su familia y la sociedad en general.


Bibliografía

Deleito y Piñuela, José.  “La mala vida en la España de Felipe IV”.  Madrid. Alianza. 2005.

Rodríguez Sánchez, A.;  Hacerse nadie: sometimiento, sexo y silencio en la España de finales del siglo XVI, Editorial Milenio, 1998

Vázquez García, F. y Moreno, A.; Sexo y Razón. Una genealogía de la moral sexual en España (siglos XVI-XX), Akal, 1997.

Francisco Vázquez García / Andrés Moren; Poderes y prostitución en España (siglos XIV y XVII). El caso de Sevilla.

[En Internet]

 http://maestradesociales.wikispaces.com/Grupo+4.+Las+mujeres+durante+la+Edad+Moderna

http://cvc.cervantes.es/literatura/criticon/PDF/069/069_035.pdf


http://www.uv.es/dep235/PUBLICACIONS_III/PDF20.pdf

http://www.madridvillaycorte.es/personajes-doncellas-mancebas.php